Ars longa, vita brevis

sábado, 10 de octubre de 2020

Asunto: Apuntes de París


Querido amigo 


En alguno de tus últimos correos me comentabas tu preocupación, desconsuelo e incertidumbre ante el panorama que hemos vivido, vivimos y viviremos en medio de esta pandemia. 


Tus reflexiones y emociones son las mías, además cuando desconocemos cual será su evolución ahora que el otoño y sus fríos aguardan para salirnos al encuentro.


Me preguntabas si habíamos aprendido algo con todo lo que ha pasado desde que ha aparecido el coronavirus. 


Mi impresión es que quizá sí a un nivel individual, a nivel colectivo, me temo que no.


Por cierto he encontrado esta obra por casualidad que te comparto;)




¿La conoces? 

Es  un autorretrato que Edvard Munch se hizo todavía convaleciente, después de pasar la gripe española de 1918.


¿No te parece que hay en ese gesto de espanto en la boca, un paralelismo con su otra obra: El grito?


Volviendo a la pandemia y como afecta a tu vida diariamente, hemos renunciado a viajar a ninguna parte por temor a que nos confinen lejos de casa. 


No lo tengo constatado, pero es posible que si quieres entrar a otro país(en el caso en que tengan fronteras abiertas con España) debas pasar una cuarentena antes. 


Lo cierto es que puedes infectarte en cualquier parte pero es distinto si ocurre y estás en casa.


¿Te he contado alguna vez que como más me apasiona viajar es en coche?

Por este medio fuimos a Paris... hace unos cuantos años, las carreteras de Francia, sobre todo las secundarias, fueron el verdadero pulso para conocer más de cerca aquel país.


Los paisajes, los cielos, sus colores y sus luces aunque fugaces fueron entrando por la retina a otro ritmo, dándote la posibilidad de pararte donde quieras para descubrirlos aún más.


Aún veo las alamedas atravesadas por brillos parpadeantes de sol movidos por la brisa incesante de aquel otoño. 

Topamos con algún campo de lavanda ya vacío que dejó colarse a su oloroso fantasma por la ventanilla abierta. 

Luego volvimos a la autopista y entramos al fin en un París gris al mediodía o tal vez fue al principio de la tarde.



Todo el mundo se enamora de París, sin embargo a mí no me atrapó tanto como esperaba.


Es una ciudad maravillosa, chic, con un gran charme, eso es indudable, con su estilo suntuoso de segundo imperio apuntalado de cúpulas doradas en torno al trazado de una estrella urbana.


Muestra el escenario perfecto para Vogue y la milla de oro, el que soñó e hizo realidad el barón Haussmann. 


Pero también Manu se deshizo de la mayor parte del París de la edad media, derribó su memoria, su historia y con ello parte de su alma.


Nos salió al encuentro ese París exquisito y romántico semejante a la foto del icónico beso de Robert Doisneau pero igual que ese beso posado, hay algo de puesta en escena lista siempre para extasiar con su liberada armonía simétrica.


A quien recordé al ver el arco de triunfo de Napoleón fue a Picasso y los nazis, por la anécdota de la visita de éstos a su taller. 


Ya sabes cual, aquella de cuando vieron el Guernica y uno de ellos le preguntó si lo había hecho él y Picasso respondió que no, que lo habían hecho ellos.


Tuvo que resultarles espeluznante a los franceses las hordas nazis entrando en París para ocuparla.

 

Lo que en absoluto no me defraudó fue la más literaria de las catedrales, Notre Dame. 


Leí el libro de Víctor Hugo muchos años antes de ese viaje, así que la había conocido antes en las palabras secretas y en la descrita luz que descomponían sus góticos vitrales y en el repiqueteo de las campanas que lanzaba su jorobado campanero.


Después tuve conocimiento que volvió a restaurarla, en el XIX por el interés y popularidad que se despertó debido a la novela, el controvertido arquitecto Viollet-le-Duc quien además añadió la aguja que se quemó y cayó en 2019 y las famosas gárgolas y quimeras.


Me enamoré de ellas, de su aterradora belleza grotesca, pensativa y amenazante sintiendo que son quienes protegen y custodian desde las alturas a su ciudad de luz.



Todavía no he olvidado el tremendo cansancio que produce conocer una ciudad como París (por cierto los parisinos me parecieron corteses pero distantes) sobre todo cuando evitamos totalmente el metro. 


Estuvimos en el Louvre un día entero y eso que escogimos lo que queríamos ver. Resultaría imposible conocer un museo de esas características en una jornada, no podríamos conseguirlo ni en un mes ni siquiera en un año.

El Louvre, una fortaleza colosal misteriosamente ominosa.


Si me preguntaran a que huele París, mi respuesta no sería 

Chanel nº 5:) sino a brioche y toda su deliciosa bollería.


Como recordar es volver a vivir, por eso quiero compartir más contigo.

¿Entramos Manu?





Resulta un contrasentido que estos artistas sean conocidos por el nombre de impresionistas que en su origen los definió despectivamente y que también ellos rechazaron siempre, siendo marginados por la crítica artística que les dio esa designación peyorativa y por una sociedad que veía en sus pinturas vulgaridad y retratos con la piel del color de un cadáver.



Quizá ellos no hubieran escogido ningún nombre para definirse, de hecho así fue.


Ahora todos están juntos en el Orsay, que hayan elegido una antigua estación ferroviaria y la adecuaran para ubicarlos en ella me da ganas de aplaudirles, ja ja. 

Sería imposible encontrar un lugar más adecuado que este edificio industrial y cristalino. 

Mi opinión es subjetiva, lo sé, pero en cuestión de arte que no lo es…


Actualmente los impresionistas son los artistas más populares del mundo, otra paradoja. ¿No crees?

Ahí viene el primero.



La chica del retrato me sedujo nada más echarle la vista encima.

Se percibe su gran personalidad e independencia a pesar de su delicada belleza. 


Después me enteré que la mujer desconocida del cuadro es Charlotte Dubourg, cuñada de quien la retrató, el pintor Henri Fantin-Latour.

La apagada gama de la composición está animada por algún toque de color distribuido lírica y sabiamente. 


Aunque Fantin nunca fue considerado un impresionista, sin embargo le señalan como un precursor de la modernidad y al movimiento artístico que más se acercó fue el simbolismo.

Los bodegones serían su enseña como los retratos de grupo, de hecho una de las pocas imágenes que existe de los poetas Paul Verlaine y Arthur Rimbaud juntos, es el cuadro donde Fatin los retrató al lado de otros poetas contemporáneos.

 

Una estrofa de un verso de Rimbaud


Elle est retrouvée.

Quoi? — L’Éternité.

C’est la mer allée

Avec le soleil.


La encontraron.

¿Qué? — La Eternidad.

Es la mar que se fue

Con el sol.


¿Piensas Manu que el arte no sea otra cosa que tratar de equilibrar la inconstante balanza entre lo efímero y lo eterno?

Me atrevo a intuir que Fantin-Latour nunca estuvo demasiado preocupado por encontrar una nueva forma de pintar, si no que deseaba más bien mostrar aquello que íntimamente le emocionaba.


Continúo con esta pequeñísima galería de protagonistas femeninas, aunque tener delante los cuadros del Orsay por fin fue tan, tan intenso.


La reconoces, a que sí…




Te estoy escuchando decir su nombre, Berthe Morisot, la pintora, la musa y además cuñada de Manet. Como se percibe Manu, en este retrato de Berthe por Manet, la influencia clarísima de Velázquez.


El cuadro que te muestro un poco más abajo, con las pincelas sueltas y los tonos evanescentes que retrata a una dama, es obra suya.




Morisot igual que las otras pintoras impresionistas y a diferencia de sus colegas elegían los interiores o los jardines de sus casas y las personas de su familia para sus composiciones. 


La mujer estaba relegada al ámbito de su hogar incluso para pintar, pero Berthe Morisot fue una de las figuras claves al mismo nivel de sus otros colegas tan consagrados, otra cuestión es que actualmente se las reivindiquen de la misma manera.


Mira un Renoir, con uno de mis temas favoritos, las lectoras. 




Ah Renoir, dulce y porcelana, con esa alegría de vivir, de ser. 


Soberbio como iluminó ese contraluz de la muchacha, una luz por detrás para la silueta y la otra luz que aportan las hojas del libro sobre el rostro. 


La nieve cae sobre los tejados y ya es poesía. 





No recuerdo quién es el artista que lo pintó. Lo sabes tú, Manu?


Aquí tienes algo de Alfred Sisley, también nieva azules y violetas.






 
El terrible y sublime Vincent.




El otro paraíso de Gauguin.




Huele a la madera de Gustave Caillebotte.




El otro París que sólo tocó Toulouse-Lautrec.




Las múltiples luces y formas de las cosas, no hay tiempo, hay Cézanne.






Ahora debo salir d´Orsay, pero volveremos a entrar y tú tomarás la emoción, la palabra y atravesaremos los puentes magníficos de París.


Antes de despedirme, únicamente por un rato, quiero dejarte una última estampa del Sena.


Buena fortuna, porque a pesar de las precauciones es una cuestión de suerte evitar el virus. 

Que a tu casa llegue este abrazo amigo, cuídate, sé que cuidas a los tuyos.


      

      Paloma






Mi querida amiga

 
El virus con corona parece impregnar todo, se apodera de voluntades, de sueños.  

Impresiona ver despedazar ilusiones, años de trabajo, esfuerzo. 
La prioridad elemental y necesaria, es la salud de las personas, el virus golpea a muchos niveles, nos desarma, nos acorrala, nos hace preguntas, nos hace reflexionar, nos hace pensar en cómo seguir luchando el día a día. 

Eso querida amiga, o por eso, nos hace evolucionar en algunos aspectos, en otros, como muy bien apuntabas, nos hace terribles, nos muestra en el espejo nuestras miserias, nuestras locuras, nuestra incapacidad de darnos cuenta muchas veces que si trabajamos juntos, si no cooperamos, si no nos ayudamos, no podemos avanzar para mejorar. 

Seguimos alimentando absurdamente un ego, una mirada continuada a un ombligo que nos convierte en unos muñecos rotos, a nivel especialmente psicológico, y son ellos, los psicólogos, los que van a tener una labor brutal en los años venideros. 

Tengo miedo muchas veces Paloma, de la que se avecina, pero el ser humano se adapta y se ha adaptado en la historia a las circunstancias más adversas. 
Ojalá esa adaptación y superación nos hiciera verdaderamente más sensibles a todo cuanto nos rodea. Deseo que de todo ello aprendamos de verdad, pero como en tu caso, tengo serias y profundas dudas. 


Me encanta viajar, como en vuestro caso, este año hemos renunciado a ello, si bien hemos realizado escapadas a la naturaleza, a pueblos pequeños del interior, apenas hemos salido de la provincia. 
Sólo pernoctamos una noche fuera de casa en un pequeño hotel que nos dio seguridad e impresión de que estábamos con personas conscientes de la situación, por tanto nuestra estancia fue fugaz, pero con sensación de cierta seguridad. 
Además descubrimos un bosque maravilloso con aires de cuento de hadas y animales fantásticos, quedamos realmente impresionados por su belleza e historia.
 
Es cierto que existe un paralelismo, al menos es lo que percibo, entre la obra de Munch que me compartes, justo además en los años de la gripe española.
Quizás hoy alguien haya creado algo semejante ante un lienzo frente a lo que estamos viviendo.
 
Munch nos sitúa ante un escenario, con una contundencia psicológica brutal del ser humano, nos transmite estados anímicos.
La piel se convierte en ese estado del alma, en ese río de pinceladas emocionales que nos hace parar, observar, que nos atrapa y nos golpea para sensibilizar nuestros sentidos, intentando saltar nuestra piel y llegar a nuestro interior para encontrar preguntas, emociones y reacciones. 
 
Viajar podemos de muchas maneras, leer es un viaje, como también lo es contemplar una pintura.
Viajar físicamente para mí, es pasión, sigo siendo un niño con ganas de descubrir y dejarme impresionar.
El placer de viajar en coche, te da la garantía de llegar a espacios insospechados, que luego recuerdas con cariño, ahora mismo y aún recuerdo su magia, su belleza que aún perduran en mi memoria. 
 
Aunque la primera vez que viaje a París, fue en tren, en vagón-cama desde Barcelona, tenía 14 años, era la primera vez que salía de España. 
Fue un viaje inolvidable con mi abuela, donde sigue viviendo parte de mi familia, incluso mis padres lo hicieron, me concibieron allí. 
La influencia que ejerce la ciudad en mí es algo que me supera, pese a ser consciente de sus errores, de su fealdad en algunos casos, de sus torpezas, consigue atraparme. 
Recuerdo mi llegada y sobre todo recuerdo su cielo, este gris plomizo que me perseguirá siempre en mis posteriores visitas a la ciudad. 
Por cierto, cuando vi la pieza que me envías de esos cielos grises me he acordado, el artista ha sabido perfectamente reflejar en la obra.

La pieza es de Gustave Caillebotte, me alegra tener esos paralelismos contigo querida amiga.


Es cierto, estoy contigo, que la ciudad ha perdido parte de su esencia, han preferido vivir más del escaparate que de la historia, pero creo que las generaciones actuales se han dado cuenta de ello y han sabido rectificar, aunque han perdido parte de su historia en el camino. 
Por poner un ejemplo, en Italia han sabido mejor conjugar pasado y presente, no perder tanta identidad. 
 
No quiero competir entre naciones, ni culturas, es una observación, que creo que nos ayuda a darnos cuenta que es necesario saber lo que hacemos con los valores artísticos que el ser humano ha creado, somos historia y somos lo que dejamos de huella en esa historia que escribimos cuando creamos espacios para vivir en el planeta, para poder reaccionar ante errores o aciertos, aunque existen muchos puntos de vista en todo ello.
 
Recuerdo nuestra visita al Louvre, entonces no había pirámides de cristal ni galerías de souvenirs, agotador, creo que me quedé bastante impresionado con la Victoria alada de Samotracia. 
Recuerdo también el museo de L'Orangerie, Monet y su paraíso.

           
París huele a bollería, a chocolate y dulce reencuentro. 

Un placer entrar contigo en este Museo d'Orsay, recorrer las estancias con los ojos saltones, con el corazón en un puño, ante piezas que han formado parte de ti, de tu mirada, de tu emoción.
Creo que el espacio en sí ya impresiona, cuando vas descubriendo te emocionas aún más, el retrato de Fantin es realmente impactante. Es indiscutible que puedo sentir el carácter de Charlotte, sin pretender ser el centro de las miradas, creo que ahí radica, a mi parecer, el placer del arte, ya lo has mencionado en tus palabras, el arte de captar el instante, entre lo efímero y la eternidad, incluso muchas veces Paloma sin voluntad de convertirse en huella de un futuro. 
        
 Hay un poeta japonés Wu Men Kuan que dice:
 "Un instante es la eternidad".

Creo que no hay dudas de la influencia de Velázquez en esa pieza de Morisot, la primera mujer que participó en un Salón de pintura y escultura en 1864, lamentablemente era así , querida amiga, muchas aprendieron porque sus padres o hermanos eran pintores. 
Otras porque necesitaban expresar sus emociones y lo tuvieron que hacer en los círculos más íntimos de la sociedad en la que vivían, en muchos casos relegadas a la vivienda familiar o como mucho al ámbito familiar. 
Pero a pesar de avanzar, hoy en día sigue sin hacerse la suficiente justicia en museos y pinacotecas del mundo a las muchas y maravillosas mujeres que han logrado, pese a la adversidad que las rodeaba, crear magníficas pinturas y arte durante sus vidas.

Coincidimos en la lectora de Renoir y la viveza de colores, la luz mediante el color, la aplicación que dotaría a los pintores de una herramienta que convertiría sus obras en sorpresa y rechazo en algunos casos de la sociedad de su época.
Pienso, amiga, que lo de las etiquetas como lo hacían para los propios artistas que sufrieron el rechazo o la admiración de sus contemporáneos, no lograron detener su creatividad, fueron osados, para ofrecer una forma diferente de observar y ofrecer, una nueva mirada, y en un instante el color vibrante, sin miedos, empezó a inundar la vida.
 
Hay un aire casi melancólico y que atrapa en la obra de Sisley, me gusta la paleta de violetas, de hecho suelo utilizarla mucho en mis pinturas. 

Sin ser un auténtico fanático de Van Gogh, suelo quedarme suspendido en el tiempo ante sus pinturas, hay una fuerza que logra retenerme e intento entrar en su mundo, en su mente, en su vida, el arte sigue siendo siempre muy subjetivo, bien es cierto, es arte, nosotros sólo lo podemos disfrutar, amar, odiar, el arte se muestra, es parte de la sensibilidad humana, es la vibración en algo tangible que el alma humana intenta expresar.
 
Me seduce Gauguin, especialmente la serenidad, la paz, el color y la vida que encuentra en ciertos paraísos, la vida se detiene y escuchas el canto de un pájaro, el alma del bosque, la canción de añoranza de una libertad buscada, de una libertad que es en uno, en la capacidad de ser y descubrir nuestras capacidades.


 
Y de nuevo Gustave, una obra que me cautivó desde el inicio de mi observación, la composición no es caprichosa, ni la luz, recuerdo siempre la pintura, otro instante que será eterno gracias a la mirada de otro ser humano que logra detener el tiempo, por un momento, ante vidas ajenas.
 
Toulouse-Lautrec, nos evidenció una realidad, la vida posee muchos matices, una sociedad también plagada de vicios, de disfrutes, de soledades, de miserias, de voluntades rotas, de hombres y mujeres que querían vivir a su manera, exprimir vida, destruirla o saborearla a pleno placer. 
La simplicidad del trazo que delimita cuerpos, nos obliga a recrear y nos invita a crear.
 
Cézanne, quizás sin intención de nada, fue precursor de mucho, muchos mirarán su obra para inspiración, como lo hicieron y lo harán siempre los artistas, siempre hay algo que de repente te lanza o te motiva en su arte. 
A mí es un pintor en el que he descubierto matices que han logrado cautivarme, enriquecerme, motivarme.
 
Te dejo con el manantial de Ingres, en una pintura que logra mi atención.

                                  
                                    
                       


                


 
Cézanne de nuevo, el instante, el color, el intimismo sólo roto por nuestra miradas.




                                                 
Degas, fuera de sus bailarinas, ante la evidencia de una sociedad y un estado anímico.

                               

 
Mary Cassatt,  la luz y el color, de nuevo impregnando la retina.
               
                                             

 

Bourguereau, la evidencia de nuestro destino, la delicadeza en la pintura.








Una Olimpia, la de Manet.







                                             










Captar el instante, Monet y una urraca, la nieve y un silencio.




Un sueño, poder pasear por el maravilloso museo con tu mirada, con tu complicidad, con tu pasión, con la mía, el arte, la vida, el color, la luz.
 
Gracias amiga y sigamos disfrutando del encuentro.
 
Un abrazo con matices violetas.

     Manu



Nota al margen: En este enlace puede verse la página oficial del Museo d´Orsay donde disfrutar de forma más exhaustiva tanto de la historia del edificio como de la colección pictórica y escultórica que abarca no solo el impresionismo sino los movimientos artísticos precursores a éste, además de exposiciones eventuales que albergue cada año el museo. 





domingo, 29 de marzo de 2020

El bosque de Oma

Esta tarde, debido a estas insólitas y aterradoras situaciones que estamos viviendo por la pandemia originada por el coronavirus que ha dejado un balance hasta el día de hoy de seis mil muertos solamente en España, siento por la necesidad de escribir sobre paisajes, aire puro y arte.

Mi necesidad además viene dada por el confinamiento que sufrimos en nuestros domicilios que nos han pedido como una exigencia prioritaria para intentar atajar una epidemia global que nos ha sobresaltado y sobrecogido.

Aire puro, libertad de movimientos, libre albedrío, todo ésto parece tan lejano adaptados a esta nueva situación en que la reclusión entre las cuatro paredes de nuestra casa se ha hecho vital en la lucha contra un enemigo que es al mismo tiempo microscópico y colosal, invisible y evidente.
Por ello la obra elegida para ilustrar esa necesidad de respirar hondo en plena naturaleza me retrotrae a este final de verano cuando viajé al bosque de Oma en Euskadi.

Es septiembre de 2019 llegando a la entrada del bosque que estaba cerrado.
En un restaurante muy bonito porque su construcción es la de un típico caserío vasco, que se encuentra enfrente de la entrada separado del bosque por una carretera, su personal por cierto muy amables nos informó que aunque estuviese cerrado podíamos entrar sin problemas.
Así lo hicimos tras tomar un pincho y un par de cafés y preguntar cuánto tiempo tardaríamos en recorrerlo. La respuesta fue que serían unas tres horas más o menos dependiendo de lo rápido que camináramos, el recorrido tenía alguna dificultad leve pero nada relevante.

Entramos en aquella soleada mañana de septiembre con afán descubrimiento, el terreno eran  senderos ligeramente en ascenso, los pinos ocupaban todas las partes del bosque.
Era un paseo agradable y las más de las veces solitario porque aunque te encontraras con personas algunas extranjeras, que al igual que nosotros venían a conocer el bosque, bien nos adelantaban o quedaban atrás.
Después de una hora y media  más o menos llegamos al enclave que es el centro del bosque donde los árboles ofrecen sus pinturas ejecutadas por el artista vasco del land art, Agustín Ibarrola.

Fue verlas y emocionarme, los colores esquemáticos y puros, rojo, amarillo, azul, verde, blanco y negro conferían a los árboles un aspecto totémico, mágico religioso como si de pronto un artista primitivo hubiera asaltado este bosque y los árboles como vehículos donde proyectar sus emociones e intelecto.
Las imágenes en ellos en ocasiones geométricas, en otras figurativas que tomaban dos árboles para completarse, como en el caso de esta primera fotografía de esta boca y otras en que es esencial la posición en la que se debe colocar para verla juntarse y que esta señalada con una flecha en el suelo.



El resto de los árboles como mudos centinelas y custodios de un tatuaje pictórico sobre sus cortezas que son descubiertos poco a poco subiendo y bajando, colocándote aquí o acullá.
Adjunto más fotos porque sus imágenes hablan por si mismas con una elocuencia difícil de superar.










Estas imágenes tan sólo son una pequeña muestra,  hay muchas más que fue delicioso ir descubriéndolas. 
Después de degustar el bosque, porque el arte al menos para mí es una experiencia que debe de masticarse con el corazón y la cabeza,  con el mapa en la mano y junto a otros enamorados de los árboles (un eufemismo que utilizo para desterrar el de turista) que en ese momento estaban como nosotros disfrutando de las pinturas, comenzamos a dilucidar como salir, lo cual no parecía tan sencillo a simple vista hasta al final llegamos a la misma conclusión para encontrar la salida de ese peculiar laberinto.

Salimos del centro y comenzó la bajada a veces seguidos otras adelantados por una de las parejas acompañadas por sus hijos, dos niñas y un niño con las que encontramos la salida.
La bajada tuvo más dificultades que la subida y duró aproximadamente otra hora. El padre de los niños llevaba un silla a la espalda para subir al niño que tendría unos dos años cuando se cansaba de caminar. 
El niño llamado Asier tan pronto subía como bajaba de su privilegiado asiento.  
Felicito a estos chiquillos por tener a unos padres que les llevan a un sitio como el bosque de Oma.

Al final alcanzamos la salida del bosque también cerrada y llegamos al pueblo de Oma con algunos caseríos que admiramos desde fuera, algunos de ellos tienen más de doscientos años. 
Volvimos hacia la entrada para ir en busca del coche y comer en el restaurante que mencione al principio. Hicimos ese camino junto a Asier, sus hermanas y sus padres, el sol castigaba nuestros cuerpos con un calor sofocante, tras otra hora al fin logramos nuestra meta.
Nos despedimos de esta familia y tras comer continuamos rumbo a otro destino.

Al volver a casa me enteré de la razón por la que el bosque de Oma permanecía cerrado. 
Los pinos están enfermos por lo que serán talados. 
Está previsto que las pinturas se hagan de nuevo en otro enclave supervisadas por la familia del artista Ibarrola de ochenta y nueve años.
Espero que así sea para que otros sean seducidos por su telúrico embrujo. 

Vuelvo ahora al año 2020 y al veintinueve de marzo con un deseo inmenso de que podamos superar esta trágica pandemia y cuando así sea que nos haga más sensibles, empáticos, solidarios y sabios.








martes, 18 de junio de 2019

Las doscientas velas del Prado


Los museos han tenido y tienen tanto defensores como detractores, por ello podría hacerme eco en esta nota de la opinión a favor o en contra de su existencia y permanencia que han manifestado algunos personajes culturales, en cambio prefiero decir por qué visito yo los museos.

No son para mí, mausoleos sagrados en donde hablar en voz baja viendo expuestas obras fetiche de tiempos ya muertos rindiendo culto a una anhelada inmortalidad de artistas o mecenas.
Si las musas vivían en museos, aún viven dando inspiración y vida.
Inspiración, emoción, sentimiento, pensamiento detenido en esas obras que cada uno escoge no sabiendo muy bien por qué. Y hasta es posible que con alguna que se nos ha pasado desapercibida o hemos menospreciado al volverla a ver la descubramos con una luz nueva.
Un museo es un lugar estático que produce un constante movimiento en la mente y en el alma.
No hay justificación ni razón para ir a un museo, simplemente las ganas.


La viñeta de cómic que encabeza esta nota es un encargo que ha hecho el Prado para conmemorar este bicentenario. El museo suele hacer cómics desde hace algunos años  dedicados a su gran exposición temporal. 
El tebeo de este 2019 ilustra las anécdotas más significativas que ha vivido este edificio en sus doscientos años de vida.

Deseo sumarme a este cumpleaños y escribir sobre el museo del Prado pero dudé en como abordarlo, después aparecieron las musas y ellas me dieron inspiración. 

Escribiré sobre las mujeres del Prado, las musas, las modelos, las fundadoras, las reinas, las meninas, la infantas, las majas, las vírgenes, las diosas, las campesinas, las hilanderas, las mecenas, las coleccionistas, las pintoras, las restauradoras de arte y todas las profesionales anónimas que han trabajado y trabajan en el Prado.

Es además una cuestión de visibilidad y  justicia. 

El Prado posee 8000 pinturas y dibujos catalogados, la mayoría de estas obras se encuentran en los almacenes. Las salas del museo exhiben si hablamos de cuadros 1150. De todos ellos, expuestos solo hay cuatro cuadros de tres pintoras de un total de treinta obras que el museo posee de autoría femenina. 
No es el único caso de un museo donde sucede esta discriminación y segregación. 
Creo recordar que en el Louvre se exponen tan solo dos obras de pintoras. 

Resulta terrible que se llenen la boca hablando de igualdad y derechos y aún suceda ésto en edificios culturales públicos y democráticos. 



Vayamos al inicio, 1819 arranca con una idea que alumbró a Isabel de Braganza, cónyuge de Fernando VII, que fue la de fundar una galería de arte que albergara las colecciones reales de pintura, para ello se eligió un edificio que en tiempos de Carlos III fue erigido como sede del Gabinete de Historia Natural.


Retrato de Isabel de Braganza donde con su mano señala por un lado los planos y con el dedo de su otra mano apunta el edificio construido que será el futuro museo del Prado a través de una ventana. El óleo es de Bernardo López Piquer.

Este edifico fue construido por Juan de Villanueva en 1785. Después de que se le destinara a museo en 1819 ha tenido varias ampliaciones hasta que no fue posible ninguna más, por lo que su reciente ampliación ejecutada por Rafael Moneo y finalizada en 2007 debió buscar una solución arquitectónica que la situó en la fachada posterior del citado museo y que conecta con éste desde el interior.

¿Qué hace del Prado, un museo único, distinto de otras pinacotecas del mundo? 
 Como ya había anticipado es el coleccionismo, el gusto personal de unos reyes que adquirieron obras de sus artistas preferidos por lo que el Prado cuenta con un gran volumen de obras de determinados maestros como Juan de Flandes, Tiziano, El Bosco, Joachim Patinir, Rubens, Velázquez, Goya, etc.

La reina Isabel la Católica sería la iniciadora de esta colección, uno de sus artistas de cabecera y pintor de corte en Castilla fue Juan de Flandes.

En esta obra del historicismo del siglo XIX  la reina Isabel es su protagonista principal. 

Su autor es Eduardo Rosales, del cual el Prado acumula una gran representación de sus obras.
Titulo del cuadro: Doña Isabel la Católica dictando su testamento. 
Rosales lo pintó 1864, siendo el primer cuadro que se colgó en la ampliación de Moneo que está dedicada a la obra de pintores del XIX como Rosales, Fortuny, Frascisco Pradilla, Sorolla, entre otros.


El coleccionismo pictórico de la reina católica continuaría con sus descendientes, los Austrias. Su nieto Carlos I fue un apasionado la obra de Tiziano pero el que más nos interesa aquí es su hijo Felipe II. 
Este sucesor del monarca de una tierra donde no se ponía el sol, sentía debilidad por la obra alucinógena, delirante y cautivadora del Bosco aunque también adquirió y protegió la obra de una artista del renacimiento, Sofonisba Anguissola.
Será Sofonisba la primera mujer a la que se le permite estudiar pintura, lo que sentó precedente, y lo hizo a instancias de su padre, un noble de Cremona de formación humanista que consideró darle a sus hijas una buena educación intelectual, incluyendo las artes. 
Por su talento y obras es reconocida como la primera pintora. 

Aunque resulta extraño y difícil de creer que antes del renacimiento no existiera ninguna mujer que haya pintado. 

¿Qué ocurrió con ellas y sus pinturas? 
La respuesta la tiene el tiempo y su hermano gemelo, el olvido.

Sofonisba vino a España de la mano del duque de Alba que propició que fuera la dama de compañía de la tercera mujer del rey, Isabel de Valois.
Ya en la corte española fueron conocidas y valoradas sus obras, lo que le permitió pintar entre otras, a Felipe II en un famoso retrato austero, distante y refinado.
Se dice que tanto los pintores de corte Sánchez Coello como Juan Pantoja de la Cruz estuvieron muy influenciados por Anguissola, por lo que alguna de los cuadros de esta artista fueron atribuidos a estos pintores. 
Asimismo las historiadoras Carmen Bermis y María Kusche han investigado a La dama del Armiño, obra hasta ahora atribuida al Greco y sostienen que en realidad pertenece a Sofonisba.
El Prado posee cuatro lienzos de esta autora:
El retrato de Felipe II antes mencionado. 
El retrato de Giovanni Battista Caselli, un poeta de Cremona.
El retrato de la cuarta esposa de Felipe II, Ana de Austria.
Y por el último este retrato de la imagen de abajo que pertenece a Isabel de Valois llevando en una de sus manos una miniatura de Felipe II.





Se van las reinas y aparecen las Vírgenes, Meninas, Infantas, Sibilas y diosas.

Por ello entramos en el barroco de Sevilla donde nacieron dos artista que dieron fama eterna a sus pinceles.
Uno de los autores con realizaciones cuya temática fueron en su mayoría vírgenes e imágenes religiosas fue Bartolomé Esteban Murillo. 
Murillo alcanzó una gran fama en vida tanto nacional como internacionalmente, su obra serena y dulce ofrece un conjunto religioso amable, equilibrado y hasta gozoso. 
Sus modelos preferidas eran mujeres andaluzas sencillas que posaban para Vírgenes y santas llenas de templanza. 
Contemplándolos me parece ver en sus cuadros, que Murillo siempre quiso representar la felicidad de lo cotidiano y le puso los mantos de la santidad.

Una mujer hila mientras mira a su hijo, el niño está sostenido por su padre, un perrito blanco y un pajarito completan la escena situada al lado del banco de carpintero siendo éste lo que da la pista para percatarnos que ese niño es Jesús de Nazaret con sus padres. 

Aunque bien podría ser cualquier otro niño en una escena íntima. 
¿El niño Jesús trata de salvar al pájaro? 
O por el contrario: ¿Intenta fastidiar al perrito tentándole? 
Puede que ambas cosas, pero en todo caso, el cuadro desprende una acogedora familiaridad y humanidad. 

La sagrada familia del pajarito

Otro rey de la casa de Austria será nuevamente protector y coleccionista de arte, le apodaban el rey Planeta pero oficialmente fue Felipe IV y será quien nos traiga meninas e infantas.
¿Felipe IV y Diego Velázquez fueron amigos?
Algunos historiadores apuntan que sí que quizás Velázquez fue su único amigo. De lo que no parece haber duda es que este rey ausente y mujeriego admiraba a Velázquez hasta tal punto que le dio toda suerte de cargos, honores y compartieron mucho tiempo al posar y pintar retratos. 

En el cuadro de Las meninas con sus misterios, juegos de luz y espejos hay algo que no puedo por menos dejar de notar y es la intimidad que Velázquez parecía tener con la familia real. Pienso que sino fuera así sería impensable este cuadro tal como es.

Por qué pintó tantas veces a esta pequeña infantita vestida de rosa, de azul o de plata. 
De hecho su último cuadro el que quedó inacabado es otro retrato de la Infanta Margarita. 
¿Es posible que Velázquez sintiera un gran cariño por esta niña a la que vio nacer y crecer?
Lo cierto es que por virtud de sus pinceles, la infanta, esta mínima musa desprende un halo dorado de inocencia y encanto un tanto ladino.
Como no sentir lástima por ella al saber que murió de parto en la veintena casada con su tío materno sirviendo a los entresijos de la política de su tiempo. 



Detalle de la Familia de Felipe IV 


¿Sentía lo mismo esta niña por Velázquez, y por eso iba la pequeña de visita frecuentemente a su taller? 
¿Fue por este mutuo afecto y convivencia por lo que Diego Velázquez eligió una de estas visitas para crear su obra maestra más emblemática? 


Las meninas, un cuadro lleno de secretos que están delante de nuestros ojos.


Otra obra de Velázquez que también guarda su enigma es: La sibila. 
Según algunos historiadores esta mujer del perfil es Juana Pacheco la esposa de Velázquez. 
Existen dos interpretaciones para el cuadro, la primera que es una sibila con un tabla para escribir profecías, en la segunda Velázquez representa a su mujer Juana, como lo que fue una pintora, aunque no se conserva ninguno de sus cuadros.
La sibila mira hacia el futuro, la pintora hacia sus visiones... 



La sibila 


Pero Felipe IV no solo mostró interés por Velázquez sino por otros artistas entre los que se encontraba Pedro Pablo Rubens pintor de diosas, mitologías y alegorías en movimiento.
La mitología era la excusa para representar mujeres casi desnudas o desnudas, libres de la castidad, son venus tentadoras que a veces aman a los dioses y otras los rechazaba.   
Todos los cuadros que acompañan esta nota están expuestos en el Prado como es el caso de esta Diana cazadora del taller de Rubens.





El tiempo pasa, se lleva a los Austria y trae a los Borbones,   a las majas, manolas, lecheras, brujas, parcas, lavanderas y una duquesa, la de Alba, apareciendo en los lienzos del pintor romántico Francisco de Goya. 
La relación entre la duquesa y el pintor fue muy intensa,  tejida de amor, deseo, pasión y arte. 
Sin embargo todo ésto aparenta ser según algunos estudiosos una leyenda goyesca que alimenta el mito de este artista insuperable. 
Tampoco las majas ni la desnuda ni la vestida son la duquesa de Alba, sino que es Pepita Tudó amante y después esposa del político Manuel Godoy, favorito y primer ministro de Carlos IV. 
Es posible que nunca llegue a saberse la verdad, puede que Goya y la duquesa nunca tuvieran amores, a pesar de ese dedo de la duquesa que apunta en uno de sus conocidos retratos al suelo donde se escribe: Solo Goya.
Por lo visto no es declaración de amor carnal, sino una declaración de amor al genio del pintor.
Los únicos que con certeza saben lo que hubo entre ellos, son la duquesa y el pintor, los demás especulan prefiriendo creer que además de su mecenas y musa, fueron amantes o amigos. Yo prefiero creer las dos cosas. 
Parece que la duquesa se llevó a Goya a vivir con ella a su finca de Sanlúcar, allí pintó este cuadro donde se la ve de espalda con su ama a la que asusta con un amuleto de coral para el mal de ojo. 
Va de retro parece decir la dueña con el crucifijo en su mano. 
Esta divertida y al mismo tiempo esperpéntica y supersticiosa escena nos habla de la gran confianza y complicidad que ambos mantenían. 




Las mujeres de Goya se van y aparecen Alicia Peral, María Álvarez-Garcillán, María Dolores Gallo, María Antonia López Asiaín. 
Son algunos nombres que me he encontrado al buscar a mujeres restauradoras del museo del Prado. Este taller de restauración está considerado el mejor del mundo no solo porque está dotado de los más innovadores medios sino por la calidad del trabajo de sus restauradores.
Una de las restauraciones que se llevó a cabo recientemente es la de Maria Tudor llamada Maria la sangrienta o Bloody Mery. 
El conocido cóctel llamado así Bloody Mery le debe su nombre a esta reina.
Recodemos que María Tudor tuvo ascendencia española, su madre fue Catalina de Aragón, hija de los reyes católicos, su padre el famoso Enrique VIII de Inglaterra. María fue declarada bastarda cuando su padre para casarse con Ana Bolena abandonó la fe católica y repudió a su madre.
 María Tudor restauró el catolicismo cuando heredó el trono a la muerte de su hermanastro Eduardo IV.
 En ese momento su sobrino, el rey de España Carlos I tuvo la idea de que se casara con su hijo Felipe II porque esta unión era ventajosa para ambos reinos.
Para que Felipe conociera a la novia, Carlos I envió al pintor Antonio Moro a Inglaterra que realizó este soberbio retrato de María que le da un aspecto mayestático de una gran dignidad y fortaleza siendo una mujer poco agraciada y rígida. El preciosismo de los detalles, entre ellos la rosa roja símbolo de los Tudor, la posición de la retratada que dota al espacio visual de una profundidad en perspectiva hicieron de éste cuadro una de las obras maestras de Moro. 
Personalmente me parece todo un acierto la exquisita elección de esa falda adamascada en plata, el sobretodo de terciopelo morado que se remata con un cuello chimenea abierto que nos deja ver otro cuello de encaje ambos plateados.  Así como el tocado acentúan lo más sobresaliente del aspecto de María que es su te y el color rojizo de su cabello.
Carlos I estimaba tanto este cuadro que se lo llevó a su retiro del monasterio de Yuste.
La reina de Inglaterra y su sobrino finalmente se casaron, el matrimonio a penas duró cuatro años truncado por el fallecimiento de María.

Retrato de María Tudor por Antonio Moro



 Angélica Kauffmann, Flora López Castrillo, Marguerite Benoit, María Luisa Riva y Callol, Louise de Liniers, Catharina II Ykens, C. Carpentier, Anna María Mengs, Joaquina Serrano y Bartolomé, Teresa Madasú y Celestino, Margarita Caffi, Marietta Robustini Tintoretta, Teresa Nicolau Parody, Elisabetta Sirani, Adela Ginés Ortiz, Emilia Menassade, Antoinette Brunet, Giula Lama, Rosario Weiss y Julia Alcayde, estos son lo nombres de la pintoras cuyos cuadros se encuentran en los almacenes del Prado fuera de la mirada del público.

Espero que alguna vez a las pintoras se las evoque y no se las descubra.

Para finalizar trazo un breve apunte biográfico de Rosario Weiss y Julia Alcayde.

Rosario Weiss tuvo en Francisco de Goya al descubridor para su temprano talento, además fue su maestro y parece que además fue su padre, aunque él nunca la reconoció de forma oficial. 
El artista era el compañero sentimental de su madre Leocadia Zorrilla que también era su ama de llaves. 
Leocadia, Rosario y su hermano Guillermo acompañaron al pintor a su exilio de Burdeos y con él estuvieron hasta que murió. Volvieron unos años después a España con una situación económica muy precaria. Rosario salvó la economía familiar con las copias que hacía en el museo del Prado. Al margen de estos trabajos, su obra personal cosechó reconocimientos hasta el punto que fue nombrada maestra de dibujo de Isabel II y su hermana Luisa Fernanda. 
Murió con solo veintiocho años de cólera morbo.
Este dibujo de Rosario Weis se titula: Retrato de una dama judia en Burdeos.





Para escribir sobre Julia Alcayde tengo una razón sentimental, Julia fue nacida en Gijón, mi ciudad. 
Descubrí sus cuadros en la adolescencia en el museo Jovellanos cuando la encontré sola entre pintores masculinos.

Sus obras me encandilaron, aunque nunca he sido aficionada a los bodegones, por la frescura, el fulgor de sus apetitosas frutas colocadas en paisajes. Esa singular forma de componerlos, los bodegones suelen ser materia de interiores, hicieron que me resultaran inolvidables.
Julia Alcayde comenzó a pintar desde niña apoyada por su hermano mayor, un militar con rango de general, muy aficionado a la pintura, que le dio sus primeras lecciones.
Su familia que era acaudalada se trasladó con ella después a Madrid, donde estudió pintura con el pintor Manuel Ramírez. 
La joven Julia tuvo relación en la capital con personajes como Emilia Pardo Bazán, Jose Zorrilla o su amigo el poeta Antonio Grilo. 
Un rumor cuenta que Antonio y Julia se enamoraron pero Grilo le pidió a Alcayde que dejara la pintura a lo que ella se negó. 
Nunca se casó y nunca abandonó la pintura hasta su muerte siendo una anciana en 1937. Participó en concursos nacionales e internacionales, uno de sus cuadros fue comprado por la reina Maria Cristina.
El que cierra esta nota titulado: Frutas, fue legado por su autora al museo de Arte Moderno, ignoro por qué ahora el Prado es el custodio que lo mantiene oculto. 
Para quien visite el museo de Jovellanos encontrará expuestas algunas de sus obras, no así las de Carolina del Castillo otra pintora del XIX nacida también en esta ciudad. 
Los cuadros de Carolina duermen guardados en los fondos del museo Jovellanos hasta que tengan a bien despertarlos y exponerlos. 
La historia se repite no importa a dónde vayas, dicen apenadas las musas.





En octubre de este año y hasta febrero del año 2020 el museo del Prado tiene proyectada una exposición cuyas protagonistas son dos artistas del renacimiento: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. Espero tener la suerte de volver al Prado para verlas y de nuevo perderme por los pasillos del Prado y así encontrarme como una mariposa que busca la salida en la luz.