El negrón, es el nombre del túnel que atraviesa la cordillera cantábrica comunicando Asturias con la meseta, la provincia de León.
Atravesar este túnel, el duodeno de la montaña, implica la
entrada y la salida a un cambio de paisaje tan diametralmente
diferente que traspasarlo es mágico.
Dejando atrás la húmeda, ondulada y esmeralda Asturias, tierra
del poeta Angel González, para avanzar entonces por la llanura del
trigo y los girasoles, en los campos de Castilla, descrita por el
poeta sevillano Antonio Machado.
Si el pintor toma su paleta en este un viaje realista y hechicero
por la llanura de este paisaje, debe mancharlo de oro, de ocre,
sienas, del azul celeste presente perpetuo en el celaje, el amarillo
cadmio del sol que calcina la tierra volviendo gris, el polvo y las
piedras.
Piedras silvestres, al encuentro de otras piedras labradas, para
elevarse recortando el cielo dando sombra que aliviará lo tórrido
en las horas centrales del día.
Entrar en Sigüenza con su callejero de azulejería del Alfar
del monte, por sus rincones recoletos de ciudad medieval, completa una
peregrinación a lo artístico en la que la religión impera lo
elevado de sus piedras en el Castillo de los Obispos, hoy en día
convertido en Parador nacional; pero las joyas más ocultas y en
concreto una de ellas, que ha causado una inspirada riada literaria
se guarece en el interior de la catedral de Santa María de Sigüenza,
templo y fortaleza de estilo románico pero que el patronazgo de los
obispos en otros siglos añadieron el gótico y hasta el neoclásico.
La aspiradora en el umbral de la catedral incorpora el sonido
inhóspito del siglo XXI.
La mujer que trajina con el aspirador, responde amable a mi
pregunta sobre el propósito que me ha llevado hasta la catedral
castellana, la visita guiada será a las seis, me confirma.
Camino hacía el lado sur sobre la penumbra, me siento a esperar
en los bancos de la clausurada capilla de San Juan y Santa Catalina.
Unos pocos visitantes esperamos a que el guía aparezca con una
llave enorme, que abre la cerradura también gigantesca de la verja
de la capilla y enciende una luz tenue.
La capilla enrejada guarda el sueño de mármol de varios
sepulcros.
En lado izquierdo, por fin, la estatua de la que el filósofo
Ortega y Gasset dijo, que era una de las más bellas del mundo.
Atribuida al escultor Sebastián Almonacid, de estilo gótico tardío.
Toda Sigüenza es doncel, dice una famosa frase.
La estatua en alabastro bajo una hornacina representa a Martin
Vázquez de Arce, un aristócrata guerrero que murió en plena
juventud y en plena reconquista en la Vega de Granada, acompañado de
sus pajes.
No era un doncel, no lo corresponde ni su edad ni porque estaba
casado y a su muerte dejó a su una única hija, Ana.
Sus padres y sus abuelos e incluso su nieto le acompañan en esta
capilla como figuras escultóricas suntuosas y sedentes, con perros
y leones simbolizando lealtad y eternidad.
El doncel, sin embargo destaca por su singularidad, con su aureola
romántica, serena, meditabunda, eternamente su postura reclinada
da una imagen de vida y reflexión.
Comprendo la emoción que desató su contemplación, es la mía.
Esta efigie funeraria desde el siglo diecinueve fue reconquistada
por los poetas.
Mariano José de Larra, en su obra: El doncel Enrique el doliente
se inspiró en esta estatua y en Martín Vázquez de Arce para su
personaje, Macías. Cómo el fue un paje en la corte poderosísima de
los Mendoza.
Fue Orueta en 1920 quien impone este apelativo de doncel para
Martín Vázquez de Arce ya que la inscripción que adorna su
hornacina y sepulcro ya que está enterrado bajo su estatua en
ninguna de sus palabras esculpidas hace mención a este apelativo.
Aquí
yace Martín Vasques de Arce - cauallero de la Orden de Sanctiago -
que mataron los moros socorriendo - el muy ilustre señor duque del
Infantadgo su señor - a cierta gente de Jahén a la Acequia - Gorda
en la vega de Granada - cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arce
su padre - y sepultólo en esta su capilla - ano MCCCCLXXXVI. Este
ano se tomaron la ciudad de Lora. - Las villas de Illora, Moclin y
Monte frío - por cercos en que padre e hijo se hallaron.
Miguel de Unamuno que también admiraba esta estatua, le
denominaba como: El doncel del libro.
Y los poetas le han dedicado sonetos, como Rafael Alberti o como
el de Agustín de Foxa:
-Sigüenza puerto sin agua / con tu Doncel-capitán, leyendo un
libro de náutica / bajo el plomado cristal.-
Lope de Mateos, Luis Lozano o Fernández Pombo en 1972, le
continúan rimando.
“ Déjame que lleve en la memoria
al doncel Martín Vázquez de Arce
muerto en la flor por la vegas granadinas”

Luz se apaga y la llave cierra su capilla con la extraordinaria
cancela de rejería de Juan Francés, cuya firma son los corazones
invertidos.
Mis pasos guiados, continúan por los altares mayores en las tres
naves, los ábsides, los retablos góticos, los mausoleos de los
nobles y obispos, la bóveda de crucería, la girola románica, el
coro,
el púlpito, la galería del claustro con un jardín más bien
descuidado, los órganos enmudecidos parecen decir: “la
eternidad, también es aire detenido entre mis tubos”.
La luz eléctrica retarda unos minutos su flujo, ilumina el
mobiliario habitual de un sacristía donde lo sólido de la madera de
nogal muestra su presencia oscura en contraste con la bóveda de
medio cañón, llamada de las cabezas. Es un muestrario de retratos
esculpidos con más de 300 cabezas con personajes reales de la
época, monjes, guerreros, reyes, nobles, obispos y campesinos.
Retomas tus pasos para la salida al exterior, ya no se escucha el
aspirador, durante un momento crees que en el calendario es
Septiembre del año 1124 cuando debajo de sus cimientos donde existe
unas catacumbas donde están enterrados lo canteros que devastaron
las piedras que la construyeron, sólo quedan sus tumbas también de
piedra y sus marcas de canteros, bien un número o un grafismo
geométrico, también ellos desearon reposar sepultados en el templo
que ellos, los humildes lograron construir.
Durante los meses de invierno en Sigüenza el frío solivianta con
quince grados bajo cero, durante esa estación, la catedral permanece
cerrada, me la imagino congelada y al doncel un tanto más azul, leyendo aún más solitario, su libro de alabastro.